viernes, 9 de abril de 2010

La inolvidable experiencia de haber sobrevivido al exilio


Miles de pobladores que fueron desplazados por los años de guerra, hoy se pueden reunir con toda la tranquilidad que la paz ha traido al país. Foto Diario Co Latino/Eugenio Castro


Merlín Velis
Eugenio Castro
Redacción Diario Co Latino

El poblado de Guarjila, 6 kilómetros al Oriente de Chalatenango, fue la sede del «Segundo Encuentro de las Comunidades Repobladas, para recordar la Memoria Histórica y Nunca Olvidar», donde se reunieron cientos de pobladores que convivieron en campos de refugiados durante la guerra.

Algunas de las comunidades que llegaron al encuentro fueron las de Copapayo, Santa Marta, Las Vueltas, Nueva Trinidad, Las Flores, Ignacio Ellacuría, entre otras, que fueron exiliadas y obligadas a vivir en siete campamentos en territorio Hondureño, donde a pesar de las precarias condiciones se establecieron vínculos de amistad, de solidaridad y de amor.

Los exiliados sufrieron persecución y represión, en medio de los operativos militares desplegados en la zona nororiental del país, durante los años de la guerra civil, siendo objetivos directos de una serie de operativos estratégicos que buscaban arrasar la zona.

Los asentamientos campesinos fueron barridos del territorio, así también cultivos, ganado, casas y personas fueron eliminadas.

Las masacres como las del Rió Sumpul, Río Lempa, la de Nueva Trinidad, San Antonio los Ranchos, Los Amates, Arcatao y muchas otras, originaron estos grandes desplazamientos de familias salvadoreñas hacia otras tierras que sirvieron como refugio por casi una década, hasta que lograron regresar, en medio de la guerra, a mediados del 86.

Pese a amenazas por parte de Oficiales del ejército y a la zozobra producida por la violencia, miles de salvadoreños que habían sido prácticamente desterrados, repoblaron sus zonas de origen, dejando alternativas, como la de quedarse en Honduras o irse a Canadá y Australia.

Años después, en paz y con toda la libertad, para pensar y decir lo que es justo, las comunidades se reúnen y reencuentran por segunda vez en el pequeño parque central de Guarjila, frente a una pequeña capilla dedicada al recuerdo del Sacerdote Jon Cortina, quien en vida dedicó su obra al desarrollo social de comunidades repobladas.

«El objetivo de esta gran actividad es fortalecer el trabajo organizativo de las comunidades repobladas, tanto en Chalatenango como en Cabañas, Cuscatlán y La Libertad, para mejorar las condiciones de vida. La seguridad de toda la gente donde vivimos», comenta Rubio Franco, de una de las comunidades.

«Principalmente estamos aquí para recordar aquellos momentos difíciles que todas las poblaciones vivieron durante el conflicto armado y todos aquellos momentos de logros, dificultades y retos que tenemos», añade Franco.

“Fuimos a Mesa Grande (campamento de refugiados en San Marcos, Honduras) a 45 Kilómetros de la frontera, eran 11 mil 500 refugiados ahí, a pesar de eso nos fortalecimos, nos conocimos y crecimos en la organización, y es por eso el motivo de este gran encuentro que nos hace tener vida a cada uno de nosotros”, concluyó

Testimonios para recordar por siempre
Miles son las narraciones que existen en estas comunidades, y Felipe Tobar, sobreviviente de la Masacre del Sumpul, recuerda muchas matanzas que ocurrieron en la zona de Chalatenango.

“Ya no se soportaba la situación aquí, ya no se podía vivir en nuestros hogares porque habían destruido nuestros cantones, nuestros caseríos, nuestros pequeños pueblos. Esas masacres a diario eran de bombardeos por la aviación, los mortereos desde la ciudad de Chalatenango a estas comunidades. Esa fue la situación que obligó a mucha gente, irse a Honduras y Nicaragua”, agrega.

“Esas mismas familias fueron las que regresaron a repoblar, todavía en guerra. Las familias que regresaron no sabían cual iba a ser su destino, venían a una zona en conflicto, pero la organización nos permitió resistir y enfrentar la situación difícil”.

Margarita Avilés, de la Comunidad de Santa Marta, narra con detalles como fue una de aquellas guindas: “el día 17 de marzo nosotros tuvimos que dejar nuestras casas, nuestros animalitos, todo lo que teníamos, porque venia una gran invasión, un operativo tan grande, y ahí en Santa Marta no habían armas para defendernos, por eso tuvimos que salir a Honduras”.

“Ahí en la guinda llevábamos niños, mujeres, ancianos y ciegos que no podían caminar. También llevábamos heridos, íbamos en un paso tan lento que salimos de peña blanca después de estar en las cuevas, en los montes, en los matochos escondidos”, dijo.

“Se nos fue toda la noche y ahí nomas estaba, íbamos muy despacito, un camino muy angostito, habían barrancos y llevábamos enfermos en hamacas, heridos”, recuerda con cierta desesperación.
“Cuando llegamos al Lempa, ahí nos estuvimos toda la mañana, no alcanzaban los pasadores a pasarnos, era mucha la gente, íbamos como 7 mil 500, ahí cuando pasó el avión a bombardearnos. Esto es muy triste recordar esta historia, yo no deseo recordarla pero no podemos olvidar, no olvidaremos esta historia tan amarga que nos pasó”.

Cruz María Lemus, de Copapayo, recuerda que la situación en Mesa Grande no permitía desarrollarse y vivir tranquilos. “La cosa ahí era critica, nosotros no salíamos, había un gran cerco y el que se lo pasaba se lo tronaban los hondureños, ahí nos manteníamos con lo que ACNUR nos mandaba a dejar”.

Ramiro Álvarez, también de Copapayo Suchitoto, narra como decidieron regresar a El Salvador: “Estuvimos en el exilio, decidimos repatriarnos el 10 de octubre del 87, pero cuando pensamos en repatriarnos la vida era muy difícil porque a través de los gobiernos de la tripartita, el ACNUR y las agencias internacionales, fueron limitando las ayudas, ahí decidimos repatriarnos”.

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“Ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo entero.” (Segunda declaración de la Habana)


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