
16.11.09
La masacre de los jesuitas
En realidad, lo que enseñan es el buen uso que hacen de sus armas, amparados por su investidura oficial, en contra de ciudadanos inermes a los que se condena por su pensamiento. Y después, así lo ha dicho la experiencia, se extrañan de que de cuando en cuando surjan revolucionarios decididos a pagarles con la misma moneda.
Como si las fechas no fueran ya abundantes. Otro aniversario en el calendario de lo grotesco de la impunidad. Del crimen por el crimen mismo. Pero vivirlas. La masacre del 16 de noviembre de 1989 en el campo de la UCA no está tan lejos. Con estas fechas sangrientas no hay nada tan lejos. Ni siquiera el periódico o las noticias televisadas: a pesar de la insolente distorsión de semejante hecho. Es cuestión de no acostumbrarse, de no creer que nada se repite y que sin embargo siguen siendo las mismas causas. Leer en el periódico “asesinan a sacerdotes jesuitas” e indignarse, verlo en la televisión e indignarse: no sólo los muertos sino la distorsión de su muerte.
La fiesta de las balas desatada esa madrugada del 16 de noviembre de 1989 por la furia y el odio puesto de manifiesto por insolentes militares, expone a la violencia represiva y sanguinaria como un instrumento del que sin mucho pensarlo la clase dominante está dispuesta a echar mano siempre que ella, y sólo ella, lo considere necesario. Así sucedió en enero de 1932, en 1972, en 1977, en el 79 y en los años violentos de los 80 s. Aquí, las fórmulas rimbombantes de la democracia representativa y de los regímenes oligárquicos que desde los orígenes de la Nación han formado parte de la lista brutal de hechos contra la población, estallan en mil pedazos ante la obscenidad, de quienes, desde el poder constituido, identificaron el asesinato de los sacerdotes jesuitas y dos empleadas con una lección cívica ejemplar. Las declaraciones del entonces presidente Alfredo Cristiani, no dejan lugar a dudas.
Pero la masacre de la UCA no sólo sirvió para ubicar la violencia represiva y sanguinaria como una forma normal de proceder de los militares y de sus patrocinadores (léase Departamento de Estado y Pentágono de los Estados Unidos, así como oligarquía salvadoreña), sino también se evidenció la profundidad con que grandes sectores de la sociedad habían logrado internalizar la violencia, hasta convertirla en sedimento aceptado de nuestra vida cotidiana. Entre nosotros, ya se ha dicho, la violencia ha devenido un hecho trivial ante el cual el mero estupor puede llevar a una rápida marginación. En el caso de la UCA, no hay que olvidarlo, se colocó la cereza en el pastel, como la ceremonia cumbre de la serie de asesinatos, de masacres, torturas y desaparecimientos de miles de salvadoreños, cometido por las fuerzas fascistoides al servicio de los sectores económicamente poderosos del país.
De otra parte, el uso sistemático de la violencia represiva por parte del Estado en aquellos tristes y dramáticos años no sólo produjo la privatización (idiotización, dirían los griegos) del grueso de la sociedad salvadoreña. También dio lugar, en algunos estratos del vasto universo que a diario la sufre, a formas brutalizadas de respuesta que se expresan hasta nuestros días en la proliferación de hordas, pandillas les llaman, para las cuales la violencia no es una forma última de la política sino la política misma. El silencio idiota de las mayorías se engarza así con la lumpenización alarmante de algunos sectores “enfermos” de la clase política derechista del país.
Por último, pero no menos importante en la actual coyuntura, la “política” del crimen selectivo aplicada contra los sacerdotes jesuitas, revela la imposibilidad del propio bloque dominante para escapar de la violencia que sustenta y envuelve a su política. Es claro que la “modernización” capitalista que pretende y se afana en sustentar, choca inevitablemente con las formas y usos de la estructura tradicional del poder de otros sectores. En ese horrible crimen masivo quedó evidenciado el saldo sangriento y doloroso que para los dominados del sistema traen consigo las necesidades de “ajuste” en la maquina del poder impuestas por el propio desarrollo capitalista. Porque todos los hechos ocurridos en las últimas décadas, no se puede analizar aislados de la presencia de la oligarquía y su aparato de dominación. Verlo de otra manera, es desconocer nuestra historia y creer en la “sensibilidad” y el “humanismo” de ciertos empresarios, industriales y terratenientes de El Salvador.
Y es que no se puede decir que tales “métodos” sean desconocidos de nuestro pueblo. En realidad por años se le ha acostumbrado a soportarlos por el imperio con que se desata la fuerza bruta sin más. No por nada grandes sectores de la población se oponen públicamente a la salida del ejército a la calle para apoyar a la PNC en su combate contra la delincuencia. El país vivió aterrorizado durante decenios. La represión con las policías de Hacienda y Nacional, y la Guardia Nacional era el pan nuestro de cada día. Las masacres de tantos años, fechas y calendarios no fueron aisladas ni producto de las protestas ciudadanas por la injusticia, se dieron por mandato de los grupos económicamente poderosos en su afán de mantener sus privilegios y el estado de cosas que les han permitido atesorar riquezas. Con todo, y lamentablemente, la masacre de la UCA, parece perderse ya en el pasado, como tantas otras ocurridas a lo largo y ancho de nuestra geografía, salvadoreños sacrificados al “orden” del sistema político imperante en esos tiempos. Para un pueblo al que se ha impuesto el crimen como modo específico de hacer política nada de esto puede parecerle ya extraordinario. Esas quizás las lecciones más esclarecedoras de los crímenes horrendos cometidos en esta nación.
Muy bien recordamos las órdenes del ejecutivo dados en los años 70 y 80, así como las declaraciones públicas de los mandos militares y de los jefes policiales: “tenemos órdenes precisas de disparar, y capturar contra los que atenten contra la paz pública o intenten causar desórdenes…” En general, así lo establece la historia, esto es algo que acostumbran decir los comandantes de los ejércitos de ocupación de un territorio enemigo en armas, o el jefe de una pandilla de criminales que se disputa con otras el dominio de los bajos fondos de una gran ciudad estadounidense. Esa era la consigna de los chafarotes, de los López Nuila, de los Elena Fuentes, Zepeda, Montano, Vides Casanova, y de los patrocinadores y ejecutores intelectuales y materiales de los Escuadrones de la Muerte.
En aquellos y en estos tiempos tanto los estudiantes, como los campesinos, los obreros y todos los sectores organizados o no, tienen todo el derecho del mundo para hacerse oír por los gobiernos nacional y locales, lo mismo un 1 de Mayo, que en diciembre o septiembre. Su rebeldía se alimentó en aquellos terribles años de las pretensiones de los regímenes oligárquicos, decididos, no digamos a no dejarlos hablar, sino a exterminarlos, porque son “comunistas”. Los grupos opositores tenían que luchar contra la ley de la jungla, la más primitiva, la más salvaje, que no conocía del honor en la lucha, que elevó el asesinato, las masacres, a principio de gobierno. Miles de salvadoreños manifestándose fueron cazados desde las azoteas de los edificios, emboscados, como en la plaza cívica en el entierro de monseñor Oscar Arnulfo Romero, otro magnicidio de la barbarie fascista; o masacrados en su propia universidad, como los jesuitas, exactamente por aquellos que no dejan pasar una oportunidad para “regañar” y “aconsejar” a los sacerdotes sobre el modo en que deben comportarse y guiar a los estudiantes en las aulas universitarias. A su manera, el Estado Mayor de la Fuerza Armada impartió sus bendiciones en el campus de la UCA. En realidad, lo que enseñan es el buen uso que hacen de sus armas, amparados por su investidura oficial, en contra de ciudadanos inermes a los que se condena por su pensamiento. Y después, así lo ha dicho la experiencia, se extrañan de que de cuando en cuando surjan revolucionarios decididos a pagarles con la misma moneda.
La fiesta de las balas desatada esa madrugada del 16 de noviembre de 1989 por la furia y el odio puesto de manifiesto por insolentes militares, expone a la violencia represiva y sanguinaria como un instrumento del que sin mucho pensarlo la clase dominante está dispuesta a echar mano siempre que ella, y sólo ella, lo considere necesario. Así sucedió en enero de 1932, en 1972, en 1977, en el 79 y en los años violentos de los 80 s. Aquí, las fórmulas rimbombantes de la democracia representativa y de los regímenes oligárquicos que desde los orígenes de la Nación han formado parte de la lista brutal de hechos contra la población, estallan en mil pedazos ante la obscenidad, de quienes, desde el poder constituido, identificaron el asesinato de los sacerdotes jesuitas y dos empleadas con una lección cívica ejemplar. Las declaraciones del entonces presidente Alfredo Cristiani, no dejan lugar a dudas.
Pero la masacre de la UCA no sólo sirvió para ubicar la violencia represiva y sanguinaria como una forma normal de proceder de los militares y de sus patrocinadores (léase Departamento de Estado y Pentágono de los Estados Unidos, así como oligarquía salvadoreña), sino también se evidenció la profundidad con que grandes sectores de la sociedad habían logrado internalizar la violencia, hasta convertirla en sedimento aceptado de nuestra vida cotidiana. Entre nosotros, ya se ha dicho, la violencia ha devenido un hecho trivial ante el cual el mero estupor puede llevar a una rápida marginación. En el caso de la UCA, no hay que olvidarlo, se colocó la cereza en el pastel, como la ceremonia cumbre de la serie de asesinatos, de masacres, torturas y desaparecimientos de miles de salvadoreños, cometido por las fuerzas fascistoides al servicio de los sectores económicamente poderosos del país.
De otra parte, el uso sistemático de la violencia represiva por parte del Estado en aquellos tristes y dramáticos años no sólo produjo la privatización (idiotización, dirían los griegos) del grueso de la sociedad salvadoreña. También dio lugar, en algunos estratos del vasto universo que a diario la sufre, a formas brutalizadas de respuesta que se expresan hasta nuestros días en la proliferación de hordas, pandillas les llaman, para las cuales la violencia no es una forma última de la política sino la política misma. El silencio idiota de las mayorías se engarza así con la lumpenización alarmante de algunos sectores “enfermos” de la clase política derechista del país.
Por último, pero no menos importante en la actual coyuntura, la “política” del crimen selectivo aplicada contra los sacerdotes jesuitas, revela la imposibilidad del propio bloque dominante para escapar de la violencia que sustenta y envuelve a su política. Es claro que la “modernización” capitalista que pretende y se afana en sustentar, choca inevitablemente con las formas y usos de la estructura tradicional del poder de otros sectores. En ese horrible crimen masivo quedó evidenciado el saldo sangriento y doloroso que para los dominados del sistema traen consigo las necesidades de “ajuste” en la maquina del poder impuestas por el propio desarrollo capitalista. Porque todos los hechos ocurridos en las últimas décadas, no se puede analizar aislados de la presencia de la oligarquía y su aparato de dominación. Verlo de otra manera, es desconocer nuestra historia y creer en la “sensibilidad” y el “humanismo” de ciertos empresarios, industriales y terratenientes de El Salvador.
Y es que no se puede decir que tales “métodos” sean desconocidos de nuestro pueblo. En realidad por años se le ha acostumbrado a soportarlos por el imperio con que se desata la fuerza bruta sin más. No por nada grandes sectores de la población se oponen públicamente a la salida del ejército a la calle para apoyar a la PNC en su combate contra la delincuencia. El país vivió aterrorizado durante decenios. La represión con las policías de Hacienda y Nacional, y la Guardia Nacional era el pan nuestro de cada día. Las masacres de tantos años, fechas y calendarios no fueron aisladas ni producto de las protestas ciudadanas por la injusticia, se dieron por mandato de los grupos económicamente poderosos en su afán de mantener sus privilegios y el estado de cosas que les han permitido atesorar riquezas. Con todo, y lamentablemente, la masacre de la UCA, parece perderse ya en el pasado, como tantas otras ocurridas a lo largo y ancho de nuestra geografía, salvadoreños sacrificados al “orden” del sistema político imperante en esos tiempos. Para un pueblo al que se ha impuesto el crimen como modo específico de hacer política nada de esto puede parecerle ya extraordinario. Esas quizás las lecciones más esclarecedoras de los crímenes horrendos cometidos en esta nación.
Muy bien recordamos las órdenes del ejecutivo dados en los años 70 y 80, así como las declaraciones públicas de los mandos militares y de los jefes policiales: “tenemos órdenes precisas de disparar, y capturar contra los que atenten contra la paz pública o intenten causar desórdenes…” En general, así lo establece la historia, esto es algo que acostumbran decir los comandantes de los ejércitos de ocupación de un territorio enemigo en armas, o el jefe de una pandilla de criminales que se disputa con otras el dominio de los bajos fondos de una gran ciudad estadounidense. Esa era la consigna de los chafarotes, de los López Nuila, de los Elena Fuentes, Zepeda, Montano, Vides Casanova, y de los patrocinadores y ejecutores intelectuales y materiales de los Escuadrones de la Muerte.
En aquellos y en estos tiempos tanto los estudiantes, como los campesinos, los obreros y todos los sectores organizados o no, tienen todo el derecho del mundo para hacerse oír por los gobiernos nacional y locales, lo mismo un 1 de Mayo, que en diciembre o septiembre. Su rebeldía se alimentó en aquellos terribles años de las pretensiones de los regímenes oligárquicos, decididos, no digamos a no dejarlos hablar, sino a exterminarlos, porque son “comunistas”. Los grupos opositores tenían que luchar contra la ley de la jungla, la más primitiva, la más salvaje, que no conocía del honor en la lucha, que elevó el asesinato, las masacres, a principio de gobierno. Miles de salvadoreños manifestándose fueron cazados desde las azoteas de los edificios, emboscados, como en la plaza cívica en el entierro de monseñor Oscar Arnulfo Romero, otro magnicidio de la barbarie fascista; o masacrados en su propia universidad, como los jesuitas, exactamente por aquellos que no dejan pasar una oportunidad para “regañar” y “aconsejar” a los sacerdotes sobre el modo en que deben comportarse y guiar a los estudiantes en las aulas universitarias. A su manera, el Estado Mayor de la Fuerza Armada impartió sus bendiciones en el campus de la UCA. En realidad, lo que enseñan es el buen uso que hacen de sus armas, amparados por su investidura oficial, en contra de ciudadanos inermes a los que se condena por su pensamiento. Y después, así lo ha dicho la experiencia, se extrañan de que de cuando en cuando surjan revolucionarios decididos a pagarles con la misma moneda.
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